Nunca Jamás habla de Las Malqueridas, el rock agropecuario, la evolución del regional mexicano, sus shows conceptuales y la libertad de hacer música sin jugar a la segura.
Hay bandas que encuentran una fórmula y la repiten hasta convertirla en marca. Nunca Jamás parece haber elegido exactamente el camino contrario: hacer canciones, experimentar, mezclar sonidos, construir universos visuales y volver a empezar.
La agrupación sonorense, originaria de Ciudad Obregón, lleva años defendiendo una identidad que ellos mismos bautizaron como rock agropecuario, una mezcla que en sus comienzos podía parecer una apuesta improbable y que hoy dialoga con un regional mexicano cada vez más abierto a las mutaciones.
En entrevista, los integrantes de Nunca Jamás hablan de una carrera marcada por la velocidad creativa, la experimentación y una premisa sencilla: si van a hacer música, quieren divertirse.
Tres discos, decenas de canciones y ninguna intención de frenar
La productividad de Nunca Jamás sorprende incluso a sus integrantes. Han conseguido publicar un disco por año mientras mantienen una agenda de giras, conciertos, videos y contenido digital. Y, según explican, el secreto no está en una fórmula industrial, sino en entender la composición como una necesidad.
Uno de los integrantes lo resume como una “necesidad fisiológica”: cuando existe un espacio libre, aparece la necesidad de sentarse a escribir y hacer canciones.
El proceso es mucho más abundante de lo que termina llegando a un álbum. Para cada disco pueden surgir alrededor de 40 canciones, de las cuales finalmente sobreviven unas 10 o 12.
Ahí nació precisamente la idea de Las Malqueridas, su más reciente disco. Son canciones que quedaron fuera de otros proyectos, maquetas que no encontraban lugar en un álbum determinado y piezas que, con el paso del tiempo, reclamaron una segunda oportunidad.
Las canciones que se negaron a desaparecer
Las “malqueridas” son, en esencia, esas canciones que quedaron esperando. La banda decidió regresar por ellas, revisarlas y darles el espacio que merecían.
Para construir el álbum trabajaron con el productor Jerry Rosado, mientras que la producción vinculada al universo del regional mexicano contó también con la participación de Esteban Valle. El resultado vuelve a colocar a Nunca Jamás frente a una de sus obsesiones principales: explorar qué puede suceder cuando el rock y el regional mexicano dejan de verse como territorios separados.
Rock agropecuario: jugarse la carrera sin jugar a la segura
Cuando Nunca Jamás comenzó a desarrollar su propuesta de rock agropecuario, alrededor de 2012-2013, la combinación no necesariamente parecía una apuesta obvia.
La banda reconoce que, desde cierta perspectiva, aquello pudo haber sido un “suicidio” de carrera. Pero ocurrió lo contrario: la decisión terminó convirtiéndose en uno de los rasgos fundamentales de su identidad.
La explicación es contundente: hacer lo que les llena.
Para Nunca Jamás, jugar a la segura habría significado hacer otra cosa. El riesgo, en cambio, forma parte de la razón por la que eligieron el rock and roll.
Y esa misma filosofía continúa hoy.
El regional mexicano como laboratorio
Una de las claves de su sonido está en asumir que el regional mexicano no es un género estático. Por el contrario, lo consideran una escena que evoluciona a una velocidad extraordinaria.
Desde que comenzaron su propuesta, han visto aparecer nuevas formas de combinar instrumentos, ritmos y lenguajes. En su música han explorado recursos asociados con el tumbado y otras variantes contemporáneas, sin buscar que el regional aparezca como una versión “descafeinada”.
La autenticidad es importante.
En ese proceso, Esteban Valle funciona como una especie de puente hacia el conocimiento profundo de los instrumentos y códigos del regional. La banda llega con una maqueta y el productor propone posibilidades: una charcheta, un acordeón, un tololoche o determinadas maneras de tocar un instrumento.
El resultado es otra apuesta de riesgo: que el regional mexicano se escuche realmente regional dentro de una banda de rock.
Una identidad que no quiere encerrarse en una etiqueta
Preguntar cuál es exactamente el ADN sonorense de Nunca Jamás no resulta tan sencillo para ellos.
La escena de Ciudad Obregón está profundamente conectada con el regional mexicano y cuenta con numerosos músicos que participan en proyectos de gran escala. Esa cercanía les permite buscar intérpretes capaces de aportar autenticidad al sonido.
Pero la banda tampoco quiere encerrarse en una definición.
Su propuesta es híbrida y su público también.
En sus conciertos pueden coincidir personas que escuchan K-pop, gente que nunca había escuchado rock, seguidores del regional mexicano, familias completas, jóvenes, adultos mayores y hasta bikers.
Ese cruce de públicos se ha convertido en uno de los grandes triunfos de Nunca Jamás: construir una comunidad que no necesita pertenecer a una sola escena para conectar con sus canciones.
Nunca Jamás no solo hace conciertos: construye mundos
La experimentación no termina en el audio.
Cada año, la banda procura construir un concepto diferente para sus presentaciones. El espectáculo puede convertirse en una especie de ritual, una historia o una experiencia audiovisual.
Uno de sus proyectos, El Viejo Terruño, lleva esta idea todavía más lejos: el concierto combina música y un cortometraje de animación protagonizado por animales místicos que recorren el valle del Yaqui.
Los bloques musicales están conectados con la animación y todo el espectáculo se encuentra cuidadosamente sincronizado.
La ilustración fue realizada por la muralista y pintora Bet Roldán, de Sonora, mientras que la animación fue desarrollada junto con un colaborador identificado en la entrevista como Paco. Los escenarios que aparecen en el cortometraje están inspirados en lugares reales del valle del Yaqui.
Un show ensayado al milímetro, pero todavía vivo
El espectáculo requiere aproximadamente un mes de ensayos. Música, iluminación, pantallas y visuales se sincronizan para que cada elemento forme parte de una misma experiencia.
Incluso crean pequeñas piezas instrumentales que funcionan como transiciones e interludios entre canciones.
Sin embargo, hay una paradoja interesante: mientras el espectáculo está cuidadosamente estructurado, la banda quiere que cada noche conserve algo de improvisación.
La estructura está. El resto se descubre sobre el escenario.
Ese equilibrio entre precisión y espontaneidad es parte de lo que mantiene vivo el show.
Crear historias también fuera de las canciones
La imaginación de Nunca Jamás tampoco se detiene cuando termina una canción.
En la conversación aparece el ejemplo de una serie de videos que comenzó casi por accidente. En lugar de hacer un videoclip convencional para Para ser sincero, decidieron crear una historia.
La respuesta del público los llevó a continuarla.
Después llegó La física del fracaso, como continuación de esa narrativa, con la intención de cerrar el relato como una trilogía.
El contenido audiovisual se convierte así en otra extensión de la música: un universo narrativo que puede crecer, conectarse y encontrar nuevas formas de relación con la audiencia.
La banda que tampoco sabe quedarse quieta
Cuando no están tocando, los integrantes siguen haciendo cosas relacionadas con la creación: videos, Photoshop, ilustración, contenido, promoción y otros proyectos musicales.
Incluso aparece el béisbol como uno de los pocos espacios de desconexión. La relación con los Yaquis de Ciudad Obregón también se ha convertido en parte de su identidad pública, con canciones asociadas al equipo y al imaginario deportivo de la ciudad.
Pero hasta las redes sociales se convierten en un ejercicio creativo.
La banda sabe que repetir exactamente el mismo cartel no necesariamente funciona. Por eso buscan nuevas formas de comunicar una gira, tropicalizar contenidos y encontrar maneras diferentes de hacer llegar el mismo mensaje.
Próxima parada: Lunario
La entrevista también deja un anuncio concreto: Nunca Jamás se presentará el sábado 15 de agosto en el Lunario del Auditorio Nacional, en Ciudad de México.
La banda llega con su propuesta de rock agropecuario, con Las Malqueridas como uno de los proyectos que ya esperan llevar al escenario.
Y quizá esa sea la mejor manera de entender a Nunca Jamás: una banda que no parece especialmente interesada en descubrir una fórmula definitiva.
Prefieren hacer 40 canciones para elegir 10. Recuperar las que quedaron olvidadas. Incorporar un instrumento que no esperabas. Convertir un concierto en una película. Hacer un video que termine siendo una trilogía. Mezclar públicos que aparentemente no tendrían nada en común.
Porque, en el fondo, su apuesta continúa siendo la misma que los llevó a construir el rock agropecuario: no jugar a la segura.
Y mientras sigan encontrando nuevos rincones para explorar, Nunca Jamás parece tener claro que todavía queda mucha música por hacer.
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