En tiempos donde la migración suele narrarse desde la herida abierta y la crudeza, el dúo venezolano Mariella y Venero propone una mirada distinta: íntima, luminosa y profundamente latinoamericana. Su nuevo proyecto, La vida que nos tocó, no es solo un disco; es una obra interdisciplinaria que entrelaza canciones, crónicas sonoras y una pieza audiovisual de largo formato para contar, desde múltiples lenguajes, la experiencia de dejar el hogar y reconstruirse en otro territorio.
En entrevista, el dúo explica que desde que decidieron hacer música, su objetivo fue claro: contar historias “lo más redondas posible”. La migración, atravesada por su propia experiencia, pedía algo más que un álbum tradicional. “Queríamos que se entendiera no solo desde la canción, sino desde lo que ves, lo que escuchas y lo que sientes”, explican. Así nació la idea de acompañar el disco con crónicas narradas y un long film que amplificara la dimensión emocional del relato.
La migración como relato total
El concepto no surgió de manera improvisada. Fueron “muchas horas de conversación”, referencias visuales y un diagrama emocional que estructuró el viaje narrativo: la despedida, el desplazamiento y la posibilidad de un nuevo comienzo. A partir de esa arquitectura, las crónicas tomaron forma; luego, los visuales y finalmente las canciones.
Algunas composiciones ya existían, incluso estaban pensadas para otros proyectos, pero encontraron su lugar natural dentro de este universo. “Hay canciones que tienen años guardadas y llega el momento perfecto”, dicen. En La vida que nos tocó, cada pieza parece haber esperado su sitio exacto en la historia.
El resultado es una experiencia inmersiva donde la música dialoga con la palabra y la imagen. No todos los públicos son auditivos, reconocen. Hay quienes conectan desde lo visual o lo narrativo. Por eso decidieron expandir el mensaje a distintas disciplinas, convencidos de que la emoción puede encontrar múltiples puertas de entrada.
Belleza frente a la crudeza
En México —país que los ha acogido— abundan las películas sobre migración que dejan al espectador con el peso de la realidad sobre los hombros. Mariella y Venero no niegan esa dureza. La reconocen. Pero eligen otra perspectiva.
“Ya el mundo tiene mucha crudeza”, afirman. Sin romantizar el proceso, su apuesta es enfocarse en la esperanza y en la posibilidad de un futuro mejor. La despedida duele —especialmente cuando se trata de una madre—, pero el relato no se queda en la fractura. Se expande hacia la reconstrucción.
La música cumple aquí un papel esencial. Incluso en las escenas más contundentes del long film, la sonoridad latinoamericana suaviza el tránsito emocional. “La alegría de nuestros pueblos está en nuestra música”, recuerdan que alguna vez les dijeron. Y es esa energía la que vuelve el proceso más llevadero.
El espectador no sale devastado, sino acompañado. Consciente del duelo, pero también de la resiliencia.
Folklore, urbano y pop: una identidad sonora híbrida
En lo musical, el proyecto reafirma su identidad. El cuatro y las maracas —instrumentos fundamentales del folklore venezolano— son la columna vertebral de su sonido. “Siempre hemos querido que nuestra bandera musical sean nuestros instrumentos folclóricos”, explican.
Pero La vida que nos tocó no se limita a Venezuela. El álbum integra timbres y referencias de distintos territorios latinoamericanos: México, Colombia, Argentina, Cuba. Hay bombo legüero, arpa, tambores batá y una base urbana que aporta profundidad contemporánea.
El género urbano, dicen, les permite trabajar la emoción desde otra densidad. El pop, por su parte, funciona como punto de encuentro: hace digerible el folklore y el urbano para públicos más amplios. La combinación no busca etiquetas. Es una síntesis orgánica de sus influencias y su historia migrante.
Un rodaje entre migrantes
La pieza audiovisual refuerza el carácter colectivo del proyecto. El 98% del equipo involucrado en el long film son migrantes. Esa coincidencia no fue estratégica; fue natural. Al compartir las crónicas en las primeras reuniones de preproducción, el equipo se vio reflejado en ellas.
El director y la directora de fotografía se sumaron desde la emoción. El productor se identificó de inmediato con los personajes. Incluso el actor principal —mexicano— aportó su experiencia de migración interna, al haberse trasladado de Puebla a Ciudad de México. “Todos entendíamos la emoción que estábamos buscando”, cuentan.
Cuando un proyecto nace de una experiencia compartida, la colaboración fluye. “Solo se puede resumir con una palabra: magia”, dicen.
Las crónicas: la voz como refugio
Uno de los aspectos más celebrados del proyecto es la narración de las crónicas. La cadencia, el tono y el diseño sonoro convierten cada texto en una experiencia inmersiva. No es solo lectura: es interpretación acompañada de producción musical.
“Es un trabajo en equipo”, explican. Entender desde dónde se dice cada palabra fue fundamental. La composición musical que acompaña la voz potencia el viaje emocional, generando una tensión narrativa que invita a escuchar hasta el final.
El reto del vivo: cantar lo que duele
Tras la etapa de promoción, el siguiente paso será llevar La vida que nos tocó al escenario. La música en vivo comenzará en junio, con la intención de presentar el proyecto como un bloque completo, más que mezclarlo con su repertorio anterior.
La primera prueba fue en Brasil, ante un público mayoritariamente migrante. La experiencia fue más intensa de lo imaginado. “Yo tenía los ojos cerrados y escuchaba a todo el mundo cantar”, recuerda Mariela. El desafío no fue técnico, sino emocional: sostener la voz sin quebrarse.
Cantar estas canciones implica revivir el proceso. Pero también forma parte de la sanación que el álbum propone. “Déjame respirar profundo porque necesito poder cantar esto”, se dicen antes de cada interpretación.
Ese intercambio energético con el público —especialmente con quienes comparten la experiencia migratoria— promete ser uno de los momentos más potentes del proyecto.
Un tiempo para escuchar
La vida que nos tocó no es una obra para consumir de prisa. Es una pausa. Una invitación a detenerse y escuchar con el corazón abierto. A llorar si es necesario, pero también a brindar “por esta vida, la vida que nos tocó”.
Mariela y Venero están disponibles en todas las plataformas digitales y redes sociales. Y aunque las fechas de sus presentaciones en vivo se anunciarán próximamente, el viaje ya comenzó: está en el álbum, en las crónicas y en esa mezcla de nostalgia y esperanza que define a quienes un día tuvieron que irse, pero nunca dejaron de pertenecer.


