Piña, vocalista de Say Ocean, nos revela los secretos detrás de su nuevo disco ‘Un segundo en el tiempo’, el duelo por amistades perdidas y su colaboración con Javier Blake.
El arte de cosechar en el rock independiente: Once años de Say Ocean
Pasar de la urgencia adolescente a la estrategia consciente es el verdadero desafío de supervivencia para cualquier banda de pop punk mexicano. Con más de una década recorriendo los escenarios alternativos del país, Say Ocean ha dejado de ser la promesa del circuito subterráneo para consolidarse como una fuerza madura, dispuesta a reclamar su espacio en el dial comercial sin perder la dentellada eléctrica que los vio nacer.
En entrevista exclusiva, Piña Say Ocean, mente creativa y frontman de la agrupación, disecciona el complejo engranaje detrás de su más reciente producción discográfica, un álbum que equilibra la frialdad del marketing musical con la crudeza de la vulnerabilidad emocional.
El branding del punk: Rompiendo mitos comerciales
Existe un terror histórico e infundado en la escena del rock independiente: la creencia ciega de que el sentido comercial corrompe la pureza de la obra artesanal. Para Say Ocean, el misticismo del artista incomprendido ha quedado en el pasado. El nuevo álbum abre fuego de una manera tan contundente que funciona como una declaración de principios tanto estética como corporativa.
La decisión de que la primera canción se titulara exactamente igual que el álbum de larga duración, Un segundo en el tiempo, y que además su primera línea lírica repitiera el título de manera inmediata, no fue un accidente poético; fue un movimiento estratégico.
“Fue una decisión en partes iguales de energía, pero realmente la decisión número uno fue de marketing”, confiesa Piña con una sonrisa que denota su obsesión por el entorno digital. Inspirado por la estructura de apertura de discos icónicos como Proper Dose de la banda estadounidense The Story So Far, el músico mexicano decidió aplicar un branding ineludible: “Si se les olvida el nombre del disco, me retiro. Pónganle aquí abajo el tag de Harvard Business Review”.
Esta audacia comercial no significa un sacrificio de su identidad sonora. Por el contrario, el grupo ha encontrado en su undécimo año de carrera el balance perfecto: canciones diseñadas para la radio, pero provistas de distorsiones pesadas, afinaciones abiertas y los gritos desgarradores que sus seguidores exigen. Dejársela más fácil al programador radial no es venderse; es saber jugar las reglas del juego actual.
De Hollywood a Tepoztlán: La metamorfosis sonora de Say Ocean
El camino hacia este punto de madurez musical requirió despojarse de las comodidades del pasado. La banda venía de lanzar Perfectas Condiciones, una producción de alto presupuesto que Piña define con humor como su “disco Hollywood”. Aquel material fue moldeado bajo la tutela de Wido Lara (director musical de fenómenos pop como RBD y las agrupaciones musicales OV7 y Pandora), quien pulió las voces hasta la perfección absoluta.
Sin embargo, para este nuevo ciclo, el cuerpo pedía una dosis mayor de peligro y texturas orgánicas. La llegada de Ema Shelv (bajista y prodigio de la producción) y la liberación técnica del baterista Mario Tamez actuaron como armas blancas dentro del estudio, empujando los arreglos hacia terrenos mucho más agresivos e impredecibles.
El campamento creativo: Tres dimensiones de la composición diaria
Para materializar esta transición, el cuarteto se aisló por completo en una casa en medio de la nada, ubicada en el místico entorno de Tepoztlán. Durante una semana, el régimen consistió en desayunar, comer y cenar música a través de tres sesiones diarias rígidamente estructuradas:
- Sesión Matutina (Acústica): Conectando con la calma del despertar, dando una oportunidad al día para capturar melodías desnudas y letras transparentes.
- Sesión Vespertina (In the pocket): Composición meramente digital directamente en la computadora, donde nacían los riffs contemporáneos y Piña balbuceaba métricas sobre bases rítmicas construidas al momento.
- Sesión Nocturna (Full Band): Tras un par de cervezas y un chapuzón en la alberca, la banda encendía los amplificadores a máxima potencia a altas horas de la noche. De este catártico desahogo eléctrico nacieron las piezas más crudas e identitarias del disco, como “Déjà vu” y el corte que hoy abandera su orgullo interpretativo: “Por fin se me hizo borrarte“.
La catarsis de las letras: Traición, duelo de amistad y el factor Marino
La evolución lírica de este álbum se sostiene en una premisa fundamental: cada canción debe contar una historia completa de un punto A a un punto B, capaz de conmover al lector incluso si se despoja de su instrumentación musical. En producciones anteriores, las letras pasaban por un filtro democrático de edición comunitaria en el estudio, pero en esta ocasión, la banda entregó las llaves del universo literario a su vocalista.
El luto invisible de perder a un hermano de ruta
Escribir desde la verdad absoluta conllevó enfrentar sus propios fantasmas. El tema “Por fin se me hizo borrarte” expone una de las temáticas menos exploradas en la lírica del rock contemporáneo: el luto por la pérdida de una amistad debido a una traición de lealtad.
“Lo que más duele de la traición es que nunca viene de un desconocido. Si no te conocía, solo te jodió; pero si era tu compa, te traicionó”, explica el músico con notable seriedad. El impacto emocional de plasmar esta realidad fue tal que Piña procrastinó la escritura del segundo verso durante seis meses por miedo a las consecuencias y a la excesiva exposición de su intimidad.
La resolución llegó a miles de pies de altura durante un vuelo comercial. Decidió plasmar exactamente lo que sentía, liberando un reclamo directo y honesto. Hoy, la canción cuenta con un videoclip oficial y se ha transformado en una catarsis colectiva para miles de fanáticos que han transitado el doloroso proceso de romper lazos con un hermano de vida.
Este nivel de autoexigencia y depuración poética fue fuertemente impulsado por las vivencias del músico al frente de su propio espacio de comunicación, Radio Piña, transmitido por la plataforma de La Bestia. Fue una conversación específica con Marino (líder de la banda mexicana Chingadazo de Poesía) la que destrabó sus bloqueos. Al ver cómo compositores consagrados invierten semanas en pulir una sola palabra para dotarla de trascendencia, Piña entendió que el verdadero valor del arte radica en tomarse el tiempo necesario para limar las asperezas de los primeros borradores.
Cosechar once años de siembra: Javier Blake y el linaje del rock nacional
La cúspide de este proceso de consolidación se materializa en “El último suspiro”, pieza que cuenta con la colaboración vocal de Javier Blake, líder de División Minúscula y pilar fundamental del movimiento alternativo en México durante las últimas dos décadas. Para un músico que creció analizando las estructuras literarias de Blake desde los 14 años, este lazo profesional representa el cierre perfecto de un círculo de inspiración.
Lo que inició como un mensaje directo enviado en una noche de copas, donde Piña le entregaba el segundo verso en blanco para que el maestro pusiera sus propias reglas, culminó en una sesión de estudio profesional y entrañable. Blake no solo aceptó la propuesta de inmediato, sino que se integró con la humildad de los grandes: asistió puntual, grabó con maestría, compartió cervezas y cenó tacos con la banda hasta altas horas de la madrugada.
Este cruce generacional es el reflejo del gran momento que vive Say Ocean. Tras once años de picar piedra en el circuito independiente, pisar los escenarios principales de festivales masivos como el Vive Latino y Tecate Pa’l Norte, y recibir llamadas cotidianas de aquellos que alguna vez fueron sus ídolos de juventud, el grupo ha aprendido a valorar su propio peso específico. Ya no caminan con la inseguridad del debutante; hoy se plantan sobre el escenario con la certeza absoluta de una banda lista para devorarse el mundo, defendiendo un segundo en el tiempo que les pertenece por derecho propio.


