Avenida: cinco amigos, un viaje a México y el salto definitivo del cuarto de ensayo al escenario

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El grupo español Avenida visita México para FIMPRO, compone su primer álbum y habla de “Cayetano”, sus influencias y el sueño de hacer una canción para el Mundial 2026.

Apenas habían aterrizado cuando ya tenían una anécdota digna de carretera. A los integrantes de Avenida casi les niegan el abordaje por no tener vuelo de regreso. Venían “a la aventura”, como suelen hacer las cosas: sin red, con canciones nuevas y la convicción de que el siguiente paso siempre se construye en movimiento. Improvisaron el ticket de vuelta y subieron al avión. El resto —dicen— también ha sido improvisar, pero con método.

La historia de Avenida se cuenta mejor desde la amistad que desde la estrategia. Cinco amigos de 19 y 20 años que primero fueron grupo y después banda. “Primero somos un grupo de amigos y luego un grupo de música”, repiten como mantra. En una industria donde la profesionalización suele preceder al vínculo, ellos invierten el orden: la química humana como fundamento del proyecto artístico.

Del cover al oficio

El tránsito de tocar versiones por gusto a firmar canciones propias fue menos un plan que una consecuencia. Empezaron disfrutando covers; después, sin demasiada solemnidad, profesionalizaron el impulso. El punto de inflexión no fue una reunión ejecutiva ni un contrato, sino algo más íntimo: ponerse por primera vez frente a un micrófono.

La primera grabación tuvo más vértigo que épica. Algunos traían formación —guitarra de conservatorio, teclas—, otros cantaban “en la ducha y poco más”. Pero el aprendizaje aceleró. “Es como un proceso de diez años comprimido en uno”, dicen sobre la adaptación a estudio, in-ears y escenarios. La naturalidad con la que ahora se mueven en cabina contrasta con el desconcierto inicial: del nervio a la rutina creativa en cuestión de meses.

México como laboratorio

Su visita a México no es turística; es estratégica. Además de presentarse en FIMPRO, están en modo campamento creativo: hasta tres sesiones de composición por día, con productores y compositores de perfiles diversos. Trabajan con su productor, Fernando Boix, pero también buscan expandir el perímetro sonoro.

El contexto importa. Les llama la atención la musicalidad del castellano mexicano, el “buen rollo” en la forma de hablar y la apertura de la industria local. Se sienten arropados. Y esa hospitalidad impacta en la música: quieren nutrirse del sonido latinoamericano, de lo coreable, de esa energía de estadio que han admirado en proyectos como Morat.

No es casual que citen a El Canto del Loco y Pereza como referentes de infancia —la banda sonora del coche familiar— y que conecten ese linaje con la ambición de escribir canciones que se canten a una sola voz. La ecuación es clara: tradición española + pulsión latinoamericana = identidad en construcción.

“Cayetano”: ironía, identidad y contexto

En su repertorio reciente figura “Cayetano”, una versión que dialoga con códigos culturales españoles. El título remite a una etiqueta social concreta; su lectura, sin embargo, es más lúdica que combativa. Han recibido comentarios sobre su estética o su estilo de vida y decidieron responder con música y humor: si hay que reírse de uno mismo, mejor hacerlo con un temazo.

La sesión fue distinta a las primeras grabaciones: menos tensión, más juego. Incluso fantasearon con añadir una estrofa propia. La comparación futbolera les sirve: ya conocían “dónde está el agua caliente” del estudio. La comodidad técnica abrió espacio a la intención artística.

El directo como revelación

Si el estudio consolidó el oficio, el escenario les confirmó la vocación. Vender dos fechas en la mítica Sala El Sol con apenas un puñado de canciones fue un shock eléctrico. Escuchar al público corear cada verso, sentir cómo el tempo se sostiene desde abajo cuando los nervios aprietan, entender que la canción ya no es solo suya.

Pero hay algo más poderoso que la sala llena: el apoyo de los amigos de toda la vida. Ver a quienes los conocen desde los dos años cantar sus temas tiene un peso emocional que, dicen, no perderá brillo pase lo que pase. La validación íntima precede al aplauso masivo.

Colaboraciones y Mundial 2026

Avenida piensa en grande sin perder el tono cercano. Les seduce un cruce entre su pop coreable y una energía urbana tipo “París” (de Morat con Duki). De hecho, no descartan enviar un mail y probar suerte con Duki. La lógica es simple: si la canción funciona, el puente se tiende.

Y si de sueños se trata, el más ambicioso tiene fecha y sede: el Mundial 2026 en México. Imaginan representar a España con un himno que suene a estadio, con narrativa y épica compartida. No lo dicen como slogan, sino como proyecto. Ya tienen ideas en mente.

El primer álbum y lo que viene

El viaje actual es también el arranque formal de su primer álbum. A diferencia del EP inicial —donde la intuición guiaba la selección— ahora cuentan con más herramientas, más opciones y un criterio afinado por la experiencia. La elección del repertorio será menos azarosa y más intencionada.

En su playlist ideal conviven su próxima canción, “El viaje” (que anticipa una nueva etapa sonora), con himnos que los han acompañado. La meta no es copiar fórmulas, sino comprender por qué funcionan: construcción, dinámica, relato.

Avenida llega a México con siete meses de vida pública y una velocidad de crucero inusual. Pero su narrativa no se sostiene en el vértigo, sino en la coherencia: amistad primero, música después; ambición alta, pies en la tierra. Si el cuarto de ensayo fue el origen y la sala llena la confirmación, México es el laboratorio donde prueban la siguiente versión de sí mismos.

Y esta vez sí, con vuelo de regreso.

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