Valeria Castro presenta El cuerpo después de todo en México: proceso, terapia y libertad creativa

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La cantautora española Valeria Castro habla sobre su disco El cuerpo después de todo, su conexión con México, la terapia, la creatividad sin presión y su evolución artística.

Valeria Castro no solo regresa a México: vuelve a un territorio emocional que fue clave para reconstruirse. La artista española presenta El cuerpo después de todo, un disco que no solo marca una evolución sonora, sino también una transformación profunda en su manera de habitar la música, el cuerpo y la vida.

“Yo siento que he vivido siete vidas desde que empecé en la música”, dice con honestidad. Y no es una exageración. Cada etapa —desde su primer EP hasta este tercer trabajo— ha estado acompañada por una versión distinta de sí misma. Hoy, asegura, se reconoce como una mujer de la que se siente orgullosa.

Ese proceso no ha sido casual. Ha implicado decisiones conscientes, introspección y, como ella misma admite, años de terapia. Pero más allá del trabajo emocional, hay un concepto que atraviesa todo el disco: la ligereza.

“La máxima ahora mismo es sentir la liviandad de las cosas”, explica. “Porque parece que el mundo, la exposición, la presión y hasta los sueños cumplidos te dejan un peso en la espalda”.

Ese cuestionamiento se traduce directamente en el título del álbum: El cuerpo después de todo. Una pregunta que surgió en medio del proceso creativo y que terminó por definir el sentido del proyecto.

México como detonador creativo

No es casualidad que gran parte de ese proceso haya ocurrido en México. La mitad del disco se gestó aquí, en sesiones que comenzaron sin expectativas y sin presión.

“Nos juntamos con músicos y empezamos a tocar sin saber qué iba a pasar. Sin pedir permiso, sin presión. Eso marcó completamente el modo en el que quería seguir haciendo música”, recuerda.

México se convirtió en algo más que un espacio físico: fue un detonador creativo y emocional. La distancia con España —y la diferencia horaria— le permitió entrar en un estado de introspección poco habitual.

“Había horas en las que no podía hablar con nadie de mi país. Entonces era: ‘esto es lo que tengo ahora’. Eso me obligó a preguntarme cómo estaba yo realmente”.

Ese aislamiento parcial se transformó en un espacio de conciencia. Un punto de pausa en medio de una carrera en ascenso. Un lugar donde pudo escucharse sin interferencias.

La intuición como brújula

Uno de los cambios más importantes en este disco fue la manera de trabajar. Castro decidió confiar radicalmente en la intuición.

“La intuición sabe mucho, aunque parezca que no está consciente”, dice.

Esa lógica se trasladó a la producción —de la mano de Campi Campón—, donde exploró sonidos que antes no imaginaba posibles en su música. También a su voz, donde se permitió emociones más amplias: enojo, ligereza, juego.

“Sentía que a veces se esperaba de mí una emoción muy concreta. Y yo soy muchas más cosas que eso”.

El resultado es un álbum más abierto, más libre y, paradójicamente, más preciso en su identidad.

La soledad compartida

Si hay un eje emocional en El cuerpo después de todo, es la soledad. Pero no como aislamiento, sino como experiencia compartida.

“Escribí desde una soledad muy real, muy íntima. Pero cuando lo compartes, te das cuenta de que no estás sola”.

Ese descubrimiento se volvió central: entender que las emociones más personales también son colectivas.

“Si todas nos sentimos solas, ¿no será que en realidad estamos acompañadas?”, reflexiona.

La música, en ese sentido, funciona como un puente. Un espacio donde las experiencias individuales encuentran eco en otros.

Colaborar desde lo humano

En su trayectoria reciente, Valeria Castro ha colaborado con artistas de gran peso. Sin embargo, su enfoque dista del espectáculo o la validación externa.

“Lo importante no es lo que trasciende, sino lo que pasa en el momento”, afirma.

Para ella, el valor está en la vulnerabilidad compartida: dos personas frente a frente, creando algo desde lo humano.

“Hay algo muy fuerte en mirar a alguien a los ojos mientras canta contigo. Eso no lo ve el público, pero es lo más importante”.

Ese enfoque también redefine su relación con el escenario. Lejos de una lógica de protagonismo, busca ser parte de lo que ocurre.

“No quiero ser una diva. Quiero ser parte de todo lo que está pasando”.

Premios, reconocimiento y resistencia

Aunque su trabajo ha sido ampliamente reconocido, Castro mantiene una postura crítica frente a los premios.

“No me gusta pensar que algo es mejor que otra cosa”, dice con claridad.

Para ella, los galardones son valiosos como espacios de encuentro, no como jerarquías artísticas. Incluso, cuando recibe un micrófono, lo entiende como una responsabilidad.

“Tienes la oportunidad de hablar por quienes no lo tienen en ese momento”.

En lugar de centrarse en el reconocimiento individual, prefiere poner el foco en lo colectivo. Una postura que, en una industria competitiva, funciona casi como una forma de resistencia.

Raíces y movimiento

Aunque actualmente vive en Madrid, su idea de hogar es más compleja.

“La Palma siempre será mi hogar”, afirma. Pero también ha aprendido a encontrar pequeños fragmentos de hogar en cada lugar.

México, sin duda, es uno de ellos.

Aquí no solo creó parte del disco. Aquí también consolidó una forma de entender su vida y su música: con más conciencia, más libertad y, sobre todo, más ligereza.

Un cierre que es también un comienzo

El regreso de Valeria Castro a México culmina con un concierto en el Teatro Esperanza Iris, un recinto que describe como uno de los más bellos en los que ha estado.

Pero más allá del escenario, este momento representa algo más profundo: la materialización de un proceso.

El cuerpo después de todo no es solo un disco. Es una radiografía emocional, una declaración de principios y una invitación a habitar la vida desde otro lugar.

Uno donde, como ella misma propone, la ligereza no es superficialidad, sino una forma consciente de existir.

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