En la cabina de Signos Diario Musical la atmósfera se siente distinta: hay expectativa, alfombra roja simbólica y una artista que llega con disco nuevo bajo el brazo y un show íntimo en la Ciudad de México. La Cassandra visita el país para presentar Gloria y Dolores, su segundo álbum, un trabajo que oscila entre el desgarre y la celebración, entre la bachata de raíz caribeña y la experimentación con R&B y sintetizadores.
“Estoy amando esta ciudad”, dice apenas arranca la conversación. Y eso que, admite, ha visto poco de la capital. Aun así, el vínculo ya comenzó a tejerse. México la recibe en una etapa clave: la consolidación de su identidad artística.
Un disco como segunda piel
Si el debut fue carta de presentación, Gloria y Dolores es, en sus palabras, “la segunda capa de la cebolla”. Una metáfora precisa para explicar un proyecto más íntimo y profundo. El título no es casual: está dedicado a sus dos abuelas, Gloria y Dolores. En esa dualidad —lo luminoso y lo doloroso— encontró el concepto que atraviesa el álbum.
“Mientras lo desarrollaba me di cuenta de la ironía de los nombres. Es lo que todos vivimos: momentos gloriosos y momentos dolorosos”, explica. Ese hallazgo fue un cierre de ciclo, un “full circle” emocional que le confirmó que estaba en el camino correcto.
En lo sonoro, el álbum abraza ritmos miocaribeños y también guiños mexicanos. Hay bachata con sello dominicano, pero también una rumba flamenca intensa y pasional, además de pasajes de R&B que expanden su paleta musical. La Cassandra no cree en fronteras rígidas: “Soy un poco rebelde con los géneros. Me gusta mantenerme abierta y que todo conserve mi esencia”.
Cuando la melodía nace con la herida
Uno de los momentos más reveladores de la entrevista llega al hablar del proceso de composición. En el 80% de los casos, cuenta, la letra ya nace con un ritmo claro en su mente. Así ocurrió con “No tengo dueño”, pensada desde el inicio como una rumba flamenca cargada de rabia y fuerza.
Pero el episodio más catártico surgió en un writing camp, pasada la medianoche. Cansada y con ganas de dormir, fue retada por su productor a seguir creando. De esa tensión nació una canción en inglés, inesperada, escrita en menos de 15 minutos y entre lágrimas. La pieza la llevó a recuerdos de una infancia poco convencional y a una herida que, según reconoce, ni siquiera sabía que existía.
“Ahí entendí el poder de componer canciones. No es solo hacer algo bonito; hay momentos en que el ser humano lo necesita”. Esa comprensión marca un antes y un después en su relación con la música: el arte como vehículo de sanación.
Víctor Roso: complicidad y fricción creativa
Detrás de la arquitectura sonora está Víctor Roso, su músico, director y productor, a quien describe como un hermano. La dinámica entre ambos combina confianza y confrontación. Ella compone; él construye arreglos y propone caminos. A veces hay fricción. A veces debate. Pero en esa tensión —admite— nacen resultados más grandes de lo que imaginaban.
El núcleo, sin embargo, siempre es la esencia tropical que la define. Aunque explore otros territorios, su identidad permanece intacta.
La música como organismo vivo
Uno de los conceptos más potentes que comparte es que la música está viva. Una canción escrita desde un desamor puede adquirir otro significado con el tiempo. Eso ocurrió cuando, tras la muerte de su abuela, un tema compuesto en otro contexto emocional cobró una dimensión mucho más profunda.
Esa capacidad de resignificación es, para ella, la prueba del alcance transformador del arte. Lo confirma también el testimonio de seguidoras que le han contado cómo sus canciones las ayudaron a atravesar rupturas devastadoras. “Mi canción hizo eso para ti”, recuerda haber pensado, sorprendida por el impacto.
Fe, familia y propósito
Aunque proviene de una familia no musical, el respaldo ha sido fundamental. Hermanos, tíos y padres celebran cada logro como propio. En una industria que puede resultar solitaria, ese sostén es clave.
Además, habla abiertamente de su fe y de la convicción de tener un propósito. “Tengo algo que decir, una luz que quiero llevar más allá”, afirma. Cada disco es, en ese sentido, una fotografía de su evolución. Con el tiempo, sabe que mirará atrás y reconocerá quién era cuando escribió estas canciones.
Un show íntimo para México
El cierre de esta etapa llega con un concierto especial en la Ciudad de México, pensado como un encuentro cercano con el público. Habrá canciones del nuevo álbum y del anterior, además de sorpresas. La gira que inició el año pasado encuentra aquí un momento simbólico: cerrar ciclo y, al mismo tiempo, sembrar el siguiente.
Porque el impulso creativo no se detiene. De hecho, apenas termine su visita, regresará al estudio para grabar una nueva canción. Incluso quiso capturar parte de esa energía en México, como si la ciudad pudiera filtrarse en la grabación.
La Cassandra entiende su carrera como un tránsito continuo. Cada etapa deja huella; cada disco, una imagen fija de su identidad en movimiento. Entre la gloria y el dolor, su voz se consolida como un puente: entre géneros, entre países y, sobre todo, entre emociones humanas universales.


