A lo largo de su carrera, Javiera Mena ha construido una trayectoria marcada por la búsqueda constante: nuevas ciudades, nuevas escenas musicales y nuevas formas de componer. En conversación, la artista chilena reflexiona sobre su último disco Inmersión, sobre la vida en movimiento y sobre cómo las emociones siguen siendo el combustible principal de sus canciones.
La charla comienza con una referencia a uno de los momentos memorables del pop chileno reciente: una interpretación junto a Camila Moreno y la banda Lucybell, un cruce generacional que refleja el peso de la escena musical de su país.
Pero el presente de Mena ocurre en tránsito. La cantante ha vivido en distintas ciudades —de Chile a Argentina, de Madrid a México— y reconoce que ese movimiento no es casual.
“Para la música que yo hago, que tiene que ver con el pop independiente, siempre supe que tenía que moverme”, explica. “Los chilenos sabemos que tenemos que viajar para que la música se escuche en otros lados”.
Ese espíritu nómada, dice, también tiene algo personal. “Tengo alma gitana”, confiesa entre risas. Primero llegó a Buenos Aires, luego comenzó a viajar con frecuencia a México y finalmente cruzó el Atlántico para instalarse en España. Cada ciudad le ha ofrecido un ecosistema creativo distinto.
En Argentina, por ejemplo, observa con entusiasmo el crecimiento de una generación de artistas pop y alternativos que están marcando el pulso de la escena. Menciona con admiración a Zoe Gotusso, Chechi de Marcos y María Wolf, artistas que —dice— están produciendo música interesante en un mercado que considera enorme.
“Argentina y Chile son sociedades muy parecidas, pero también muy distintas. Eso también genera una escena muy rica”, afirma.
En España, mientras tanto, descubrió otra generación pop con nombres como Amore o Reve, artistas que forman parte de un movimiento que, en su opinión, está revitalizando el pop en español.
“Hay un pop ahora que está creciendo mucho y siento que yo también he sido parte de ese proceso”, reflexiona.
Del teclado a la guitarra
Durante años, el imaginario sonoro de Mena estuvo asociado a sintetizadores, computadoras y producción electrónica. Sin embargo, Inmersión marcó un cambio importante en su forma de componer.
La transformación comenzó al trabajar con Luigi, integrante de Cupido, quien se convirtió en uno de los colaboradores centrales del disco.
“Yo siempre toqué guitarra, pero me dolían los dedos”, recuerda. “Entonces cuando empezamos a trabajar con Luigi, él tomaba la guitarra y yo me tiraba en el sillón a cantar y escribir”.
Ese cambio de instrumento modificó también el enfoque compositivo. Acostumbrada a partir desde beats o arreglos digitales, la cantante decidió regresar a lo esencial.
“Queríamos que la canción se defendiera solo con la voz y la guitarra”, explica. “Si la canción era buena ahí, entonces estaba lista”.
El proceso era deliberadamente simple. Dos veces por semana se reunían en un café del barrio de Chueca, en Madrid, conversaban sobre sus vidas y luego subían a trabajar.
“No había presión de terminar un disco. Era solo juntarnos, hablar de nuestras historias amorosas y después hacer canciones”.
Las letras surgían de esas conversaciones. Historias personales, rupturas, dudas y emociones cotidianas que luego se convertían en canciones.
Para Mena, esa dinámica resultó especialmente valiosa porque partía de la amistad.
“Cuando compones con alguien que no conoces, a veces la canción sale más superficial. Pero cuando hay una relación real, aparece algo más auténtico”.
El reto de escribir sobre lo mismo… de forma nueva
Después de varios discos, la cantante reconoce que existe un desafío inevitable: hablar de emociones universales sin repetirse.
“Al final siempre estamos hablando de lo mismo: el amor, el desamor, el deseo, el duelo”, explica. “La gracia está en encontrar nuevas formas de decirlo”.
Ese desafío se vuelve cada vez más complejo con el paso del tiempo. Con cada nuevo disco, las referencias propias se multiplican.
“Cada vez es más difícil porque ya tienes muchos puntos de referencia… tuyos”, admite.
En ese sentido, colaborar con Luigi fue también una forma de refrescar su mirada creativa.
Las palabras que hacen brillar una canción
Además de las emociones, otro elemento clave en la obra de Mena es el lenguaje. La artista reconoce que dedica mucho tiempo a buscar palabras que suenen bien dentro de una canción.
En ese aspecto, menciona la influencia de Gustavo Cerati, conocido por su obsesión con la sonoridad del lenguaje.
“Me gusta que las palabras suenen bonitas, casi como alimento”, dice.
Para lograrlo, utiliza diccionarios y mantiene un archivo personal de palabras que le interesan por su fonética.
“Siempre tengo mi archivador de palabras”, explica.
Entre ellas, hay algunas que aparecen constantemente en sus canciones. Una de ellas es “verdad”. Otra, inevitablemente, es “corazón”.
“Si pones la palabra corazón en una canción, de pronto empieza a brillar”, dice entre risas.
La vida cotidiana como materia prima
Más allá de las técnicas de composición, Mena reconoce que su principal fuente de inspiración sigue siendo el día a día.
Escucha conversaciones ajenas, observa situaciones cotidianas y toma notas mentales de frases que luego podrían convertirse en letras.
“Me gusta escuchar lo que habla la gente”, explica. “Después todo eso entra en las canciones”.
Ese proceso de observación también conecta con la idea de comunidad emocional que atraviesa su música: canciones que nacen de experiencias personales pero que terminan hablando de algo compartido.
En ese sentido, Inmersión no solo representa una nueva etapa musical para Mena, sino también una reafirmación de su identidad artística: un pop emocional, íntimo y profundamente humano.
Después de años de carrera y varios discos, la cantante chilena sigue explorando nuevas formas de contar las mismas historias universales. Historias de amor, ruptura y búsqueda que, como su propia vida, siempre están en movimiento.


