Hay artistas que escriben canciones. Y hay otros que construyen puentes emocionales. El venezolano Esteban Rey pertenece a la segunda categoría. Su nuevo álbum, Amor Cromático, no sólo es una colección de temas; es un tránsito consciente por el duelo, la identidad y la reconexión con las raíces, atravesado por su historia migrante entre Venezuela, Europa y México.
Desde el inicio de la conversación, Rey habla de México como quien habla de casa. No desde la cortesía diplomática, sino desde la pertenencia emocional. “Yo quiero el pasaporte”, bromea al recordar su paso por el consulado. La afinidad no es gratuita: en la Ciudad de México encontró una vibración cultural que, asegura, no ha sentido en ninguna capital europea. La multiculturalidad, la tradición, el legado musical y cinematográfico son parte de ese magnetismo.
Pero la migración no fue un simple cambio geográfico. Mudarse a Europa —donde reside actualmente— detonó un proceso de ruptura mental. “Crecer mirando un solo lado de la cultura no te hace crecer”, afirma. En un inicio, confiesa, quiso dejar atrás su raíz venezolana para absorberlo todo del viejo continente. El efecto fue el contrario: lejos de casa, comenzó a escuchar música folclórica venezolana los domingos, reconectando con aquello que había dado por sentado.
Esa reconexión latinoamericana se vuelve medular en su discurso. Rey sostiene que el futuro del planeta está en este continente. La resiliencia histórica de América Latina, acostumbrada a celebrar incluso en contextos de crisis, se convierte para él en una ventaja espiritual frente a las fracturas europeas. No es una postura ingenua: es una lectura cultural.
México y Venezuela: un abrazo musical
En Amor Cromático hay un gesto explícito hacia México. El artista detectó un parentesco entre el folclore venezolano y el son jarocho veracruzano. “Se dan de abrazos”, dice. Ese guiño se traduce en la incorporación de jaranas y requintos, con músicos que viajarán desde Veracruz para su presentación en el Foro 1869.
El hallazgo no es casual. Rey recuerda el impacto que le produjo escuchar “Tonada de luna llena” de Simón Díaz en la voz de Natalia Lafourcade. Allí entendió que la unión cultural va más allá de las fronteras: “Estamos unidos por el maíz”, sintetiza.
La elección del idioma también es una declaración de principios. Aunque vive en Suiza y ha recibido sugerencias de cantar en alemán o inglés, decidió mantener el español como lengua principal. “El español es amor manifestado”, sostiene. Incluso cuando incluye un guiño en italiano dentro del disco, lo hace como gesto lúdico, no como estrategia de mercado. En Europa, afirma, existe un genuino interés por aprender español y por conectar con la energía latinoamericana.
El origen del disco: duelo y transformación
El punto de quiebre que dio forma a Amor Cromático fue la muerte de su madre en 2024. Lejos de optar por una narrativa devastadora, Rey eligió resignificar el duelo. “No quería hablar desde el ‘no puedo vivir sin ti’. Quería honrarlo”, explica.
El disco nace entonces como un viaje que va de la noche oscura al amanecer. Cada canción es una estación emocional. Hubo terapia, llanto, lecturas sobre mediumnidad y espiritualidad. En su casa sonaban referentes como Camilo Sesto y José José, artistas con los que creció y que le enseñaron a habitar la emoción sin reservas.
Para Rey, la coherencia emocional es el mayor tesoro humano. Si una canción no le erizaba la piel, quedaba fuera. Varias composiciones no entraron al corte final porque no alcanzaban esa intensidad. “No es que estén descartadas. No era su momento”, aclara.
De Bitácora de un sueño a Amor Cromático
Su álbum anterior, Bitácora de un sueño, funciona como prólogo conceptual. Si aquel disco fue “encender el motor”, Amor Cromático es el trayecto profundo. Musicalmente, el primero apostaba por un sonido más vintage, grabado en el estudio de Madame Recamier en México. El nuevo material mantiene afinidades estéticas, pero incorpora más matices contemporáneos.
En la producción colaboró a distancia con el músico tapatío conocido como El Gato Aguilera, vinculado al movimiento Sierraño Dream. El trabajo se dio entre husos horarios, mensajes a las dos de la mañana y sesiones virtuales que exigían total concentración. Esa distancia, paradójicamente, fortaleció el vínculo creativo.
Rey reconoce que trabajar con una generación más joven lo obligó a expandirse. “Yo no estoy viviendo lo que ellos viven musicalmente. Dejarme guiar fue el regalo”, confiesa. Esa apertura se traduce en un álbum donde conviven guitarras regionales, sintetizadores y una narrativa emocional cohesionada.
Un disco para viajar
Si hubiera que definir el mood ideal para escuchar Amor Cromático, Rey no duda: es un disco de viaje. Para carretera, autobús, bicicleta. Para esos trayectos donde el tiempo deja de ser productivo y se vuelve introspectivo. Recuerda cuando prefería viajar nueve horas en autobús entre Barcelona y Madrid en lugar de tomar un vuelo corto: no perdía tiempo, lo ganaba.
El álbum propone exactamente eso: un espacio de traslado interior. No es un disco para ruido de fondo; es un acompañante de procesos.
El concierto: energía compartida
La presentación en el Foro 1869 será un espectáculo de hora y media, con entrada libre, donde el eje será la honestidad. Habrá un segmento dedicado a Veracruz y un homenaje a su abuelo. Más que expectativas comerciales, Rey habla de gratitud: al equipo, a los músicos locales, al público mexicano.
En su propia playlist ideal, colocaría Amor Cromático junto a “El Triste” de José José y el álbum Unplugged de Zoé, obras que —según él— comparten una descarga emocional intensa.
“Mi misión es que mi música abrace corazones”, afirma. En tiempos de polarización, su propuesta parece sencilla y radical al mismo tiempo: unión, apapacho y viaje interior.
Amor Cromático no es un álbum rosa. Es un espectro completo: pérdida, luz, memoria y futuro. Un mapa para entender que el duelo, cuando se honra, también florece.


