Agris charla sobre su transición tras ‘Cumpleaños y Funerales’, su colaboración con Mauro Muñoz y cómo la rabia y el pop definen su nueva era musical.
La metamorfosis de la sombra: Agris y el arte de no calmarse
Hay una frase que persigue a Agris como un eco persistente en su nuevo material: “No me voy a calmar”. No es solo una línea en una canción; es una declaración de guerra contra la expectativa de la “feminidad estética” y el orden pulcro del pop convencional. Tras cinco años de haber dejado Guadalajara para sumergirse en la selva de asfalto de la Ciudad de México, la artista se encuentra en ese precipicio emocional que representa el segundo disco, un terreno donde el “adulting” —como ella lo llama— se encuentra de frente con la cruda realidad del oficio.
Del “godinato” a la creación absoluta
Hace un lustro, Agris era periodista y generadora de contenidos institucionales. Hoy, reconoce que el “veneno” de la creación la ha arruinado para cualquier otra vida. “No podría volver al godinato”, admite con una honestidad que desarma. Aunque extraña la seguridad del aguinaldo, el intercambio ha valido la pena: ahora habita un universo donde el aplauso y la conexión con el otro son, en sus palabras, “intoxicantes”.
Sin embargo, bajar de la nube de su exitoso debut, Cumpleaños y Funerales, no fue un aterrizaje suave. Fue un proceso de desaprendizaje y de enfrentarse al vacío. “Crear es sentarme frente al piano 4 horas y odiarme a mí mismo”, dice citando a Lewis Capaldi, validando que el romanticismo de la composición es, en realidad, un trabajo de resistencia.
El Jeti y la sombra de la rabia
El nuevo disco, que tentativamente lleva el nombre de Hambre, nació con una luz de faro muy clara: la rabia. Pero no una rabia ruidosa y distorsionada, sino una rabia “glossy”, brillante y profundamente pop. Agris explora cómo los sentimientos que las mujeres suelen contener —el enojo, la frustración, el hambre emocional— terminan personificados.
Aquí aparece el “Jeti”, un personaje audiovisual creado junto al director Daniel Patlán. El Jeti no es un monstruo externo; es la sombra, el trauma infantil y el enojo hechos “bolita” que siguen a la artista a todas partes. Es la materialización de convivir con los propios fantasmas sin permitir que se sienten sobre uno.
Cantar desde la herida (literal y figurada)
Uno de los puntos más vulnerables de esta nueva etapa fue la grabación de las voces. Agris enfrentó un proceso de salud complejo (endometriosis y una histerectomía) que afectó físicamente su capacidad vocal. Bajo la guía de su “copiloto” y productor, Mauro Muñoz, la artista tuvo que aceptar la belleza del error.
En canciones como “Pingüinos”, la voz suena desnuda, sin los artificios del autotune o el reverb excesivo. Es una captura cruda que privilegia la emoción sobre la perfección técnica. “No eres Whitney Houston, supéralo”, le decía Mauro para empujarla a abrazar la granulación y los “cracks” de su voz lastimada, convirtiéndolos en el grano de una fotografía analógica: algo que aporta valor precisamente por ser real.
El “Pop de Señora Divorciada” como estandarte
Agris no huye de las etiquetas; las abraza y las subvierte. Su A&R define parte de su estilo como “pop de señora divorciada”, una referencia a la intensidad emocional de figuras como Amanda Miguel. Con canciones como “Dime”, Agris recupera la fe en su propia capacidad para escribir sobre el amor y el desamor sin pretensiones de abstracción innecesaria.
Al final, este nuevo álbum —que cierra con la crudeza de “Cruz”— es el testimonio de una artista que ha decidido no ser “bonita” por compromiso, sino honesta por necesidad. Agris está aquí, no se va a calmar, y su hambre apenas comienza a saciarse.

