El olor a nuevo puede confundirse con el del Metrobús. Así bromea Manu Beker cuando entra al estudio para presentar “Whisky”, el primer sencillo de su próximo álbum, Canciones para lastimarte el cuello. Pero detrás del chiste hay una certeza: la Ciudad de México no solo es su casa —“born and raised, chilango”—, también es el ecosistema que le dio libertad para dejar de encasillarse.
Para Manu, la CDMX es una “meca musical” en Latinoamérica. Aquí conviven el rap, el urbano, el regional, el pop y la electrónica sin pedir permiso. “El escucha mexicano, sobre todo el chilango, escucha de todo”, dice. Esa diversidad, explica, le permite experimentar sin la presión de responder a una etiqueta. En un contexto donde la industria y los premios suelen segmentar por género, su apuesta es moverse con naturalidad entre ritmos y texturas.
De la colaboración al cuarto cerrado
En sus primeros lanzamientos trabajó de cerca con Yoshi, músico y productor con quien construyó una etapa clave de su proyecto. La colaboración, cuenta, fue una escuela: repetir procesos juntos los llevó a lugares más interesantes; pero también aprendió a detectar el momento en que la repetición se vuelve estancamiento.
Ese punto de quiebre llegó antes de Canciones para lastimarte el cuello. “Sentí que necesitaba un cambio creativo”, explica. Esta vez asumió el rol completo: autor y productor en solitario. El resultado es un álbum donde la primera mitad —la más reciente— terminó de revelar el concepto del disco. Se encerró dos semanas a componer “como loco” y de ahí salieron cinco canciones que ordenaron la narrativa.
El proceso no fue lineal. Hubo días de flujo absoluto y otros de duda. Una de sus canciones favoritas nació precisamente de la resistencia: un beat que le parecía “dos, tres” pero que decidió terminar bajo una regla simple: “En el peor de los casos, nadie la tiene que escuchar más que yo”. Esa frase se convirtió en método contra el bloqueo creativo.
La distinción, dice, es clave: a veces una idea no funciona; otras veces, el freno es el miedo a lo desconocido o a la opinión ajena. En ese segundo caso, hay que cruzar el umbral. “Si está rara y no me gusta, se queda en mi hard drive”, se repite. Curiosamente, las canciones que más le costaron al inicio terminaron siendo sus favoritas.
Producir menos para decir más
“Whisky” inaugura una etapa donde la producción no busca deslumbrar por acumulación. Manu habla de su inseguridad técnica como ingeniero —todo lo aprendió haciendo— y de la tentación de llenar sesiones con 300 tracks y múltiples capas de tarola. La lección fue otra: no tiene que hacer tanto.
Recuerda que en su álbum anterior produjo “Nunca sé qué decir (NSQD)” y descubrió que una canción puede sostenerse con pocos elementos si el groove, la melodía y la letra están ahí. “Whisky”, explica, parte de un loop de drums, una capa adicional de snare para dar punch y otra de kick. “No tiene mucho”, insiste. Lo importante es que “bouncee”.
Su método creativo parte casi siempre del beat. Antes componía en guitarra —R&B universitario—, pero le cuesta transformar una canción acústica en algo digital con nueva vida. Prefiere iniciar con una base rítmica con personalidad: drums claros, mundo sonoro definido. A partir de ahí, el crucigrama se llena solo: interpretación, melodía, letra.
Las referencias no son estratégicas, sino emocionales. No arma playlists como un A&R; se deja guiar por canciones que le provocan “celos y emoción”. Ese impulso —“yo quisiera haber hecho eso”— es el motor. Así nació la intro del disco, con un espíritu hip hop noventero que lo llevó a buscar su propio lenguaje desde esa vibra.
Envejecer en el pop
Si hay una línea conceptual en el álbum, no es la del crecimiento heroico, sino la del envejecimiento honesto. “Me siento cada día más viejo y eso trae lo bueno y lo malo”, dice. En un entorno pop que suele celebrar la juventud permanente, Manu pone al centro lo que incomoda: cumplir casi 30, sentir el cansancio, hablar de pagar la renta.
La primera línea cantada del disco lo resume: “Mejor ya voy pensando en cómo pagar la renta”. Convertir esa ansiedad en arte, explica, tiene un poder transformador. Al nombrarlo, deja de ser una carga vergonzosa y se vuelve identidad compartida. No pretende construir un personaje invulnerable; busca que el personaje no lo obligue a fingir.
En ese espejo, su música puede evocar sensibilidades cercanas a las de Elsa y Elmar, donde las bases rítmicas sostienen letras íntimas que atraviesan a cualquiera. Manu reconoce ese parentesco en la transparencia: mostrar el día a día, incluso cuando duele.
“Whisky”, aclara, no es una oda literal al exceso, sino una mirada al amor a cierta edad: más consciente, más cínica quizá, pero también más real. El disco entero juega con esa dualidad: inseguridad y groove, ironía y vulnerabilidad.
El show: secuencias con vida
En vivo, Manu no entra en debates puristas. No le molesta usar autotune o secuencias si eso permite que la canción suene como debe. “Hoy muchas producciones pop no se traducen a un instrumento real”, explica. El público no va a un recital de virtuosismo, va a conectar.
Eso sí: evita el formato solitario con DJ. Prefiere un híbrido con batería real y electrónica. Suele tocar con Juan, baterista que colabora con Elsa y Elmar y Jacinto, combinando drums acústicos con triggers y pads (SPD) para samples. El objetivo es que la producción se vuelva tridimensional.
Como fan de conciertos, piensa el show desde la experiencia del público: alargar secciones, mezclar fragmentos reconocibles, generar momentos inesperados. Se imagina en los zapatos de referentes como Alex Turner y se pregunta qué haría en su lugar. Esa empatía guía decisiones escénicas y arreglos.
A su debido tiempo todo, dice sobre el lanzamiento completo. Por ahora, “Whisky” abre la conversación: menos capas, más intención; menos máscara, más verdad. En una ciudad que lo formó escuchando de todo, Manu Beker decide que su mejor estrategia es no fingir nada y dejar que el beat —conciso, preciso— haga el resto.


